Cuando Mike y Lilly llegaron a la clínica, Doris ya los aguardaba en la sala de espera, de aspecto circunspecto y caminando de un lado a otro con demasiada desesperación. A penas verlos, un puchero acabó de nublarle el semblante seguido por el torrente desbordado de sus lágrimas, las cuales resultó obvio llevaba conteniendo por más tiempo del que podía soportar.

El hijo de William, cuyo sentido común estaba bastante desarrollado, empezó a presuponer cosas. Sin embargo, no fue hasta que notó cómo la enfermera le rehuía  la mirada a Lillian, que las dudas se disiparon uniendo los cabos sueltos.

Si llevar consigo a la unigénita de los Buttler había sido imperativo, no debía tratarse de nadie más que de Selene.

— ¿Qué sucede? —cuestionó la ojiazul, confundida.

Los iris de Doris se clavaron en los del castaño en un silencioso grito de auxilio, y él le correspondió entornando los ojos, gesto impregnado con la pregunta del millón y cuya contestación sabía incluso, antes de que se la profirieran.

Ésta asintió.

Si para ella, acostumbrada a dar malas noticias estaba siendo duro, ¿imaginan el suplicio de Michael?

El nudo que se le formó en la garganta no tuvo punto de comparación.

Y sacando fuerzas de flaqueza, arrostró a Lilly tomándola por los hombros cariñosamente, para decirle: —Se trata de Selene.

— ¿Qué pasa con mi madre? —quiso saber, con la voz tan temblorosa, que parecía estarse congelando.

El interpelado viró su escrutinio hacia aquella que seguramente, tenía las resoluciones correctas.

—El cáncer…

—No. —Jadeó la muchacha, abrazándose a Michael como si lo hiciera de un salvavidas, lo suficientemente firme para que no la dejara caer al suelo.

Verla ahí, entre sus brazos y a nada de derrumbarse, le oprimía el corazón tal cual si lo hiciese alguien intentando despojarlo de la última gota de sangre.

Si ella sufría, él sufría en las mismas proporciones.

¿Cómo no hacerlo, si la amaba más que a la vida misma?

—Necesito verla —expuso, a la mar de ansiosa y rompiendo lentamente el contacto.

—En este momento el Doctor Moore está con ella. Ingresó por conato de infarto. La Señora Turner y Jack llegaban a tu casa cuando sucedió. Fueron ellos quienes llamaron a la ambulancia.

— ¡Dios! —Clamó Mike, suspirando.

—Ya se han retirado. Tu padre les pidió localizar a Martin.

— ¿Tan grave es? —Siguió indagando Lilly, con voz entrecortada y advirtiendo en su pecho, un sentimiento de pérdida adelantado a los hechos. Un presentimiento.

La explicación de Doris cayó sobre la chica como si fuesen rocas vapuleándole la espalda. Enterarse del retorno del cáncer no le era sencillo, pero lo más difícil de todo fue el diagnóstico terminal del que ni ella ni su padre, tenían conocimiento.

No podía creer lo ciegos que habían sido al no darse cuenta de lo que Selene enfrentaba a solas y, menos de la magnificencia de lo que la hubo conducido a ocultar su gravedad.

El alma se le hizo añicos.

—Fue hace poco —musitó la enfermera aún llorosa, refiriéndose al tiempo transcurrido desde el nuevo diagnóstico —. Ni siquiera terminó las quimios programadas; tal vez por eso ha sido menos notoria la recaída.

Mike no podía creerlo o quizás era que no lo quería hacer, porque en medio de su empírico conocimiento, había aprendido que la remisión de los diferentes tipos de cáncer no siempre es duradera. Algunos de los más agresivos, como el linfoma “NO HODGKIN”, arremeten esparciéndose por el organismo a una velocidad mayor en una segunda incidencia.

“Pobre Selene”. Pensó, apretando ligeramente la mano derecha de su amada Caracola, entre la suya.

— ¿En qué etapa está? —interpeló de repente, escapando del monólogo interno.

Doris titubeó. No obstante, dedujo a la vez que ya ningún caso tenía permanecer en el hermetismo si se veía claramente, que la suerte no la favorecería. Como prueba irrefutable de ello, estaba su colapsado sistema.

—Etapa cuatro.

“Metástasis”. Se dijo él, con las entrañas dándole un vuelco.

Estupefacto, la mente le voló a horizontes lejanos, donde ni la lexía presurosa del amor de su vida lo pudo alcanzar hasta que tiró de su muñeca reiterativamente, exigiendo replicas y quedando sin resuello al recibirlas.

Adentro, en urgencias, una Selene pálida y a penas consciente, yacía conectada a mangueras y aparatos. Uno de ellos era el monitor cardiaco, con ese pitido característico que mantiene a todos en vilo. William la observaba sentado en la orilla de la cama, lleno de reclamos a sí mismo que le apaleaban, inquisidores.

La mujer a la que la vida se le escapaba rápidamente había  confiado plenamente en él y, ¿qué se había llevado? El dolor de sus seres más preciados y el perderse de los años más hermosos junto a ellos.

No estaría más en las competiciones de su princesa —como ella llamaba a su retoño—, ni en su graduación universitaria. Ni cuando Martin, orgulloso, la entregara vestida de blanco en el altar. Tampoco correría sonriendo detrás de sus nietos, convertida en la abuelita más bella y consentidora que pudiera existir, y eso escocía más que decenas de agujas enterradas en la piel.

—No tienes idea de lo que daría por no verte así. Te regalaría mi vida, con tal de rescatar la tuya de las garras de la muerte —Plañía en un susurro, tragándose el llanto arremolinado detrás de sus párpados.

¿Un gran médico involucrado en la problemática de su amiga y paciente, doliéndose del infortunio que irremediablemente caería sobre la familia que le ofreció amistad sincera?

Sí. Lo era. Empero, tanto martirio tenía un trasfondo.

La convivencia, la cercanía, ser confidente y cofre de secretos tan serios como el que él guardaba, en algún punto acarrearía efectos colaterales.

Su colega, el Doctor Flanagan —Oncólogo que la atendió a distancia durante el primer tratamiento— se lo advirtió y él no quiso entender. Pagaría entonces las consecuencias.

 —Doctor Moore —lo nombraron, abriendo la puerta del recinto —. Afuera están los Buttler.

Quitándose los lentes, William se limpió la humedad fugitiva de las mejillas. Debía disimular, aunque a la larga el esfuerzo fuese en vano.

Enseguida inhaló y exhaló, incorporándose para dar la cara y ordenar: —Hazlos pasar.

***

—Lilly. Martin. El Doctor Moore los espera. Síganme, por favor.

Recostada en el hombro de su padre, la castaña se puso en pie dispuesta a ir tras él, a quien no calentaba ni el sol.

Finalmente Solange y Jack se las arreglaron para darle aviso sin expedir más aclaraciones sobre el estado de salud de Selene, pese a tener reciente conocimiento de causa.

De eso se encargó Doris, a regañadientes.

Bien dicen que las adversidades poseen el carácter de unir a las personas. ¿No? Pues por desgracia, hizo falta la agonía de la madre de Lillian para que el ojiverde hiciese a un lado el rencor y hondeara la bandera en tregua.

¿Cuánto les duraría el gusto?

Me habría encantado decirles que infinitamente, pero ese término no es aplicable para aquel que vive el enamoramiento no correspondido.

—Estaré aquí cuando vuelvas —prometió Mike, besándole a Lilly la frente —. Recuerda que te amo.

—Y yo a ti —convino, plantándole un corto pero sentido beso en los labios. Después, se giró hacia Jack y Solange.

—Gracias por encontrar a mi padre.

—Ni lo digas —agregó la Señora Turner, poniéndose a su altura y tomándole las manos —. Jackson y yo los queremos mucho. Son nuestros amigos, así que no hicimos nada que ustedes no harían por nosotros.

La chica Buttler asintió, agradecida.

Indeciso, el de cabellos dorados se debatía interiormente entre su deber de amigo y sus emociones de hombre. Verlos tan enamorados lo colmaba de decepción y aunque nunca había recibido el impacto de una bala, esa sensación abrasadora descrita en el curso inductivo de los futuros Marines e impartido por aquellos que sí lo habían sufrido, encajaba a la perfección con la que le nublaba el razonamiento. Al final, se convenció de que no era la hora ni el lugar idóneo para la apatía y, dándole alcance a su madre, añadió: —Mamá está en lo cierto, Lilly. ¿Para qué son si no, los amigos?

El inesperado abrazo de su antigua amiga lo hizo estremecer, pillándolo con la guardia baja. Sin embargo, la había echado tanto de menos, que dicho abrazo le supo igual a un trago de agua fresca en el desierto.

Sorbiendo por la nariz y enjugándose las lágrimas, le dio el último vistazo a Mike, luego de estrechar al amigo que creyó perdido.

—Anda. Selene te espera —lo oyó decir, antes de perderse por el pasillo.

La puerta que le indicaron las enfermeras de guardia al indagar por la autora de sus días, ejerció el papel de barrera frenando su andar en concomitancia con el miedo, ascendiendo con cada evocación de las palabras de Doris.

No se las podía quitar del pensamiento.

Empero, precisaba armarse de valor no solamente por la tranquilidad de su madre, sino también por su padre.

¿Quién si no, lo cuidaría?

Ambos tendrían que ser fuertes por el otro.

Sin meditarlo más, giró la perilla y abrió el portillo. William ya no se hallaba con ellos. Prefirió enclaustrarse en su consultorio porque ver a Martin y a su hija a los ojos, no le era factible.

¿Cómo podría, después de ocultarles la verdad?

Lo aborrecerían.

Eso era seguro.

— ¿Lilly? ¿Cariño, eres tú? —cuestionó Selene, de dicción endeble.

Su respiración era irregular y no pasó desapercibido.

“¡Oh, mamá!” Chilló mentalmente, sucumbiendo ante el yugo del desasosiego.

—Sí. Soy yo.

—Acércate. ¿Quieres? —Le rogó y así lo hizo, vacilante.

Martin, arrodillado, lloraba inconsolable enterrando la cara en el vientre de su amada esposa, al tiempo que le rodeaba la cintura como si con eso ajustara para evitar la partida.

—Hola, dulzura.

En estado de total abatimiento y adoptando la misma posición que su padre, Lilly se rompió.

— ¡SCH! Tranquila, princesa. Todo estará bien. No debes llorar. Te necesito fuerte —Le decía, acariciándole la coronilla con la destreza de un ser sostenido con frágiles esfuerzos —. Pronto serán solamente papá y tú —afirmó, tan segura de sus aseveraciones, como lo puede estar aquel al que su esencia se sublima. Dicho esto y asiéndose de la mano de cada uno, apremiante hizo que se entrelazaran, exhortándolos a realizar un juramento —. Se cuidarán. Se apoyarán —Una tos seca la atacó, acortándola.

—No digas más, mi amor. Debes estar en paz para que reúnas fuerzas y salgas de esta pronto —su esposo musitó, rezando porque así fuera.

Dios tendría que dejársela o simplemente, moriría sin ella.

—En el fondo sabes que no es así —Expuso. La falta de aliento era patente —. Por eso te suplico que la cuides. ¿Lo prometes?

Las oraciones no salían.

Dimitió, asintiendo.

—No digas eso, mamá. El Doctor Moore dice que siempre se debe ser positivo.

El solo oírlo nombrar a Martin le hacía arder las vísceras, y si su esposa no hubiese estado agonizante, probablemente habría movido mar y tierra para darle a William lo que según él, merecía.

Selene sonrió.

Una sonrisa apenas perceptible, atildada por perlas transparentes.

—Recuéstate a mi lado. Quiero cantarte como cuando eras pequeñita.

Duerme, pequeña. No tengas temor.

Mamá te va a buscar, un ruiseñor.

Si su canto no te suena placentero,

Mamá te comprará un sonajero…

Los años como esposa y madre, le desfilaron como una película reproduciéndose a la velocidad de un rayo. De repente, se vio envuelta por una tranquilidad conciliadora que la liberó del suplicio. Ya no hubo dolor físico inmolándola.

¿La luz al final del túnel?

No. No lo fue como tal, pero se le pareció.

— ¿Mamá? —El silencio hizo acto de presencia, enmudeciendo la nana transfigurada en espiración — ¡Mamá!

Selene ya no estaba en el mundo de los vivos, así lo hizo saber Lilly en su grito y Michael lo captó en la distancia, tan próximo como si hubiese estado presente.

Jack y Solange habían ido por café.

Para cuando corrió hasta ahí importándole poco las advertencias del personal custodiando el servicio de urgencias; Martin, vuelto un energúmeno, chocó contra él en el acceso.

— ¿Y tu padre?

El rojo de sus escleróticas paralizó al muchacho.

—Debe estar en su consultorio. ¿Necesita que…?

Más tardó en darle sentencia a sus exigencias, que el Señor Buttler en proseguir su trayecto como si el mismo demonio lo poseyera.

—Caracola… —Resopló, con la punzada de la ausencia aporreándolo.

El monitor cardiaco entonaba un largo e interminable pitido que en segundos, tuvo a Doris y al médico en turno sobre los restos de la mujer que lo acogiera como a un hijo.

—Michael, sácala de aquí —imperó la asistente, con Lilly aovillada a un costado de Selene.

Acató en el acto, forzándola a ir consigo.

La Señora Buttler fue declarada muerta con ellos parados en el umbral, atestiguando el acto lúgubre de la sábana cubriéndole de pies a cabeza. Una imagen que se quedaría en sus cerebros como forjada a hierro y fuego.

En el consultorio de William, en tanto era su unigénito quien comparecía en donde a él le competía, las demandas de un hombre herido por el luto y la mentira le flagelaban cual bofetadas.

— ¿¡Con qué derecho me lo ocultaste!?

La rabia e indignación lo apresaban.

—Martin, ella me lo pidió. No quería hacerlos sufrir.

 — ¡Y una mierda!

Un león al asecho, eso era y Moore su presa, andando hacia atrás igual que un animalito buscando escapar del depredador hambriento.

La extensión en el escritorio, timbraba una y otra vez.

—Escucha, sé lo que sientes — Y eso fue la gota que derramó el vaso.

Aún más iracundo, Martin lo cogió de las solapas, azotándole la espalda contra una de las cuatro paredes circundando el campo de batalla.

Sus vástagos los atisbaban, azorados.

Habían sido enviados por Doris en vista de que su jefe, ignoraba deliberadamente las llamadas. Él había llevado el caso, por ende su firma tenía que ser plasmada en el parte médico.

Con la mandíbula apretada, el verdugo siguió gritando: — ¡Hijo de puta! ¡Tú no sabes nada!

Lo que Moore desveló marcó el destino de los inocentes, cuyo único pecado fue “amarse sin medida”.

— ¡Por supuesto que lo sé! ¡Yo la amaba!  

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