En un latido: 5- Hasta ella.

5: Hasta ella.

En mi juventud fui un chico osado. Desde que empecé a probar lo que era el sexo y me desprendía de mis creencias, fui dejando atrás al Aser pasivo y me convertí en uno que quería probar todo aquello que era prohibido. 

Eso incluía asistir a lugares libres de adultos. Patterson era un pueblo pequeño, pero abundaban los prados por la ganadería y las granjas. Había dos o tres arroyos, además de áreas verdes para hacer travesuras.

No era nuevo para mí darme una escapada a un sitio para cruzar los límites. Pero empecé a sospechar que para Megan esto también era una novedad. 

—¿Y? 

—Voltea en la siguiente calle. Se supone que debe haber un camino estrecho señalando el mirador. 

No quise pensar en el «se supone» que utilizó, en cambio, seguí sus instrucciones notando que con cada vuelta que daba Megan se tensaba aún más.

Me guardé las ganas que tenía de consolarla, de decirle que no estaba haciendo nada malo. Aunque sí lo estaba haciendo. Ser infiel no era ser honesto, sin embargo, ¿qué sabía yo de su relación? De seguro se hallaba deteriorada si estaba dispuesta a llegar tan lejos.

Encontré el anuncio y me fue fácil reconocer la entrada al mirador. Era estrecho y pedregoso, pero no era mi coche, así que no me importó mucho. Además, el chasis no estaba tan bajo como para causar un destrozo irreparable. 

Reducí la velocidad al llegar al sitio. No quise hacer una mueca a lo concurrido del lugar, pensando cómo nos íbamos a besar con tanta gente. ¿Me perdí de algo y no entendí bien lo que queríamos? 

—Este es el principal. ¿Ves el camino empinado de allá? —Seguí la dirección de su mirada, hallando en efecto un camino más estrecho y que no parecía muy iluminado. 

—¿Es a dónde vamos? 

Megan asintió, explicando que estaba prohibido el paso, pero que nadie vigilaba el lugar. 

Asentí, maniobrando el volante para llegar al destino. Sí, estaba casi intransitable. Los bombillos de los postes eléctricos estaban quemados salvo tres o dos que iluminaban muy poco. En una tuve que ir aún más despacio porque una rama caída obstruía parte del camino. Se veía incluso seca, por lo que debería de tener bastante tiempo en el suelo. Había una cantidad de cráteres que no se podrían considerar baches, así que necesitabas un auto con buena tracción porque esta subida sí dañaría el chasis sin ningún problema. 

En teoría, el trayecto no debería tardar ni tres minutos del mirador principal, pero estaba muy deteriorado para pasar sin cuidado, incluso manejando una pickup. Eso nos tomó mínimo cinco minutos; y estoy siendo generoso con el tiempo. 

Arriba no era la gran cosa. Estaba la cerca que anunciaba el fin del camino porque lo que había después de eso era una caída al vacío.

—Y, cuéntame, Meg, ¿cómo conoces este lugar?

Mi atención estaba en la gran cerca frente a nosotros. Ella me comentó que una chica se había suicidado y por eso cercaron ese pedazo. ¿Qué tan jodida tiene que estar una persona para tomar semejante salida? 

—Escuché a muchos chicos hablar de esto.

Su tono me advirtió que algo la molestaba.

—¿Es tu primera visita? —cuestioné, preguntándome si alguien era tan estúpido como para pensar que un alambre podría detener a otra persona que quisiera lanzarce. Ni siquiera estaba alta, sin serpentinas o algo para hacer dudar al potencial suicida. 

Pero cuando ella no respondió, volteé a verla. Me intrigaba Megan. Tenía esta cara de que me la comería viva. Y de que no podría conmigo. 

—Meg, ¿nunca habías venido?

—No.. Dev… 

Cerró la boca de golpe, dándome esta mirada de que había roto algún tipo de regla. Megan se encontraba más incómoda de lo que estuvo en el motel. No me gustaba que se sintiera restringida a decir lo que quería, y tenía algo de culpa en eso. 

Suspiré, y traté de sonreír, antes de aclarar—: Está bien. Puedes decirlo. Solo no quería que lo dijeras mientras discutíamos nuestra salida o cuando estábamos por tener sexo. —Di un rápido vistazo a nuestro alrededor con la sensación de que no habría besos para nosotros—. Pero, mira, ni nos hemos besado, así que quién sabe… De pronto solo vamos a hablar. 

Si era lo que buscaba yo era capaz de guardar mi polla y escuchar. No era lo usual, pero tampoco era un adicto al sexo que no tenía neuronas y sólo pensaba en coger cada tres palabras que decía Megan. 

—Esto es una locura. Me parece tan irreal… 

Ella no se dio cuenta del suspiro suave que se escapó de su boca. Su mirada se quedó en su lado de la ventana, donde un montón de árboles tapaban lo que fuese que hubiera más allá.

Estuvo con la vista perdida uno o dos minutos hacia los árboles con un semblante sombrío. 

—Meg, no saldrá un asesino con una sierra de los arbustos. 

Creí que era eso. Esperaba que lo fuera y no que estuviera ideando un plan para rechazarme. O quizá pensaba cómo escapar de un hombre que no conocía salvo por cinco palabras y un par de besos.

—No. —Respiró hondo, agregando—: Lo sé. Me preguntaba qué habría más allá de esos árboles. 

Curiosidad. Me encantaba descubrir nuevos lugares. Sin embargo, estaba seguro de que no habría nada interesante detrás de los árboles. Sin embargo, quise bromear un poco y ver qué tan lejos llegaría Megan.

—¿Quieres ver? 

—¡¿Qué?! —exclamó como si le estuviera proponiendo robar un banco. O enterrar un cadáver en ese lugar. 

—Era broma, Meg. Estás muy tensa, hermosa. Necesitas soltar esos hombros. 

Había perdido la esperanza de todo. De sexo, besos, de un vínculo o de vernos otra vez. Megan se veía más cohibida y ansiosa con cada segundo. No me gustaba, pero era lo que había.

Lo peor fue presenciar el suspiro de alivio que dejó escapar. 

Luego negó, mirándome con arrepentimiento. 

—No sirvo para esto, Aser. Creí que sí. Que podría pagarle a mi novio con la misma moneda, pero no, no puedo… 

Aceptaba que estuviera arrepentida. Lo peor era que no me miraba mientras entraba en pánico, así que llevé los nudillos a su barbilla para ver sus ojos. 

No me metía en los problemas ajenos. Nunca me gustó que la gente opinara de los míos y me gustaba aplicar lo mismo para los demás. Pero esto no era un simple problema. Megan gritaba que necesitaba un poco de perspectiva ajena; una persona lejos de su mundo que viera las cosas como eran. 

Y yo necesitaba hacerle saber porqué estaba en ese mirador. 

—Aquí va un momento de corazón abierto, y atesoralo, cariño, porque no creo que veas muchos viniendo de mí. —Ella me dio una mirada esperanzada, como si estuviera dispuesta a escuchar cualquier cosa con tal de no oír sus propios pensamientos—. Pero eres la primera chica con la que me he besado en un rato… —Mierda, no mentía. Antes de ella, en esos ocho años, yo había besado a lo mucho a tres mujeres. Sin embargo, lo que estaba por decir era lo más increíble para mí—: O tenido esta cosa extraña de atracción a primera vista… —Eso me pareció gracioso porque la última persona con la que tuve esa sensación fue con Sophie—: Y ni te digo del asunto de la edad. Soy básico, cariño. Las menores de treinta vienen con paquetes que a mi edad me huelen a dolores de cabeza. 

Esa parte no necesitaba mucha explicación.

»Pero tú no pareces traer un paquete imposible de cargar. —Negué mientras lo aseguraba, añadiendo cuál era el verdadero asunto—: Creo que tu problema es que estás atada a un tipo que no sabe satisfacer tus necesidades. En un tiempo, cuando ambos tenían quince, tal vez. Pero ahora, cariño, estás hambrienta de nuevas experiencias y sensaciones, y ustedes han perdido el fuego. Así que esto iba a pasar, muñeca, conmigo o con otro. 

Me la imaginé teniendo sexo con otro y se me revolvió el estómago de angustia. Mi corazón se volvió loco y tuve que controlarme para no decirle que no tenía permitido follar con alguien más. Ni siquiera su jodido novio. Esto era una cosa que no entendí en su momento. Ella no era mía —en el sentido de una relación de pareja, no porque creyera que una persona es una propiedad—, pero allí estaba, dispuesto a cabrearme porque podría tener sexo con otro. 

Era cierto, ella iba a dejar a ese muchacho tarde o temprano, sólo era cuestión de tiempo. Pero ¿qué haría ella después? Esa era la gran pregunta. Y me daba un vuelco raro el pensar que Megan terminaría besando a un idiota niño que apenas sabía limpiarse el culo, en vez de pasarla bien conmigo. 

Megan, mientras tanto, se quedó en silencio. Vi su semblante pasar de la tristeza a la culpabilidad. Pero algo me decía que ya no era por él. Sino un tema que era muy delicado. 

Estuve a nada de preguntar qué la tenía tan perdida, cuando ella cuestionó:

—¿Crees que soy una mala mujer? 

—Megan… 

¿Cómo le dices a una persona que la mayoría no es bueno ni malo? Tenemos mierdas adentro que nos consumen. Cosas que a veces ni siquiera entendemos, pero que están allí, robando pedazos de nuestra humanidad. Algunos sabemos controlarlo, otros se pierden dentro de toda esa oscuridad; y están aquellos que nacen con un lado indomable, como los psicópatas, entre otros trastornos. Pero, en definitiva, nadie quiere ser malo. Y la maldad resulta ser dependiendo del cristal en que la mires.

Megan ni siquiera estaba esperando una respuesta. Se fue a un mundo lleno de susurros y murmullos.

—Te fuiste lejos, hermosa. 

No pude guardar la mirada de que ella tenía problemas más serios que engañar a su novio.

—Sí. No estoy en el momento. Llévame a casa. 

Se me salió un suspiro triste. No me gustaba la sensación de dejarla sin saber si estaría bien. Si ella era capaz de soportar lo que estaba atravesando.

Dando reversa para retomar el camino, me vino una vibración extraña. No era mía. La molestia de Megan golpeó mi corazón al punto de aturdirme. 

Lo comprobé cuando sugirió:

—¿Por qué no compramos un par de cervezas? 

Era fácil de leer. Tanto que me provocó una acidez extraña en mi interior.

—No lo creo, Meg. Tienes cara de que chupaste una naranja ácida y quieres bajar el mal sabor. 

No debería preocuparme por el ligue de una noche, pero ella era más que eso. Megan jamás lo entendería, pero ya mi corazón venía susurrando desde ese momento que ella sería la dueña de mis latidos. 

—Solo compremos las cervezas, ¿sí? Necesito un poco de alcohol. 

Percibí la desesperación. La amargura. También un poco de dolor. Así que como decía Marie cuando David pedía más licor y ni siquiera podía levantarse del sofá: «al enfermo lo que pida». 

Manejé un rato hasta encontrar un local abierto a esa hora. Megan quiso pagar la mitad de las cervezas, pero yo podía comprarlas. Creo que era un grito de independencia más que por vergüenza.

—No es necesario, Aser. También puedo aportar. 

Yo conocía las mañas. Como decía Bill: era un zorro viejo. Sabía cómo manejar a una mujer molesta. 

Me incliné lo suficiente como para mirarla a los ojos y decir—: Lo sé. Pero ¿podrías correrme el gusto esta vez? Quiero hacer esto por ti. Luego, si se nos antoja otra ronda, entonces… 

Me encogí de hombros y Megan esbozó una ligera sonrisa.

—Vale. La próxima ronda. Me quedaré aquí. ¿Está bien? 

Besé su mejilla, tratando de mantener las cosas en el lado platónico. 

—Ya vuelvo. 

Compré las cervezas. Pensé que seis era poco, así que aseguré dos sixpack. No era un peso ligero en cuanto a beber y estaba seguro de que podría beber al menos ocho por mi cuenta sin llegar a la hora feliz. 

En vez de ir con Megan, creí más conveniente guardar las compras. Fue en ese instante en el que sentí su mirada. Ella me miraba con detenimiento, como si descubriera algo nuevo en mí. Me dio una especie de escalofrío por su intensidad. Si por ella fuera estaría desnudo en ese momento.

Dejé salir una sonrisa conocedora. Presintiendo que estábamos de vuelta al ruedo.

—¿Y ahora qué? —pregunté para aligerar su ceño fruncido porque la agarré con las manos en la masa.

—¿Sabes qué es raro? —cuestionó con asombro, como si no pudiera creer lo que pasara por su mente. Negué, un tanto divertido—. Que no te tengo miedo. —Volví a reír por las ocurrencias que decía—. De verdad. Podrías ser un loco-secuestra-chicas, pero me siento tranquila contigo.

Volteé a verla para pedirle una dirección. Mi sonrisa no vaciló, sin embargo, ¿qué quería hacer? 

Por su mirada asumí que no tenía idea de qué haríamos. 

—El mirador está lejos. Ahora, ¿qué? —escupió, diciéndome con esas nubes grises que aguardaba por ideas.

—Podrías llevarme a tu apartamento… —bromeé, estallando en carcajadas cuando el pánico se adueñó de su cara.

—Es bueno ser tu payaso. 

—Es que tu cara… —Respiré hondo para continuar—, en serio me diste esa mirada de que me había vuelto loco. 

Arrugó la boca, escupiendo de mala gana—: Pues sí. Es una locura.

No creí que se lo tomaría enserio. Megan necesitaba relajarse.

—Vale. Vamos a mi habitación. —Suspiré, agregando para mí—: Te hace falta esa cerveza.

No solía contar sobre mi vida. No con tantos detalles. Pero Megan era un caso especial. 

Hablar de Sophie para mí era como abrir una compuerta de recuerdos buenos y malos. Ya había pasado mis etapas, sin embargo, no es lo mismo que contar sobre un ex o un divorcio, ser vuido es más profundo y complejo. 

Son muy pocas las veces en que tienes la oportunidad de decirle adiós a una persona antes de morir. Creo que eso era lo que más me dolía después de todo: las esperanzas de tenerla más tiempo conmigo y que de la nada sólo se fue. Sin un aviso. No hubo latidos, presentimientos, sueños, nada. Me despedí y cinco minutos después sufrió un ataque. 

Como verás, son temas que no se traen a las citas porque se pierde el encanto. Un momento Megan estaba riendo a carcajadas por mis peores citas y al siguiente teníamos un aire incómodo en la habitación. Un segundo estábamos coqueteando y al otro ella me veía como el viudo roto que no ha superado a su esposa.

Podría contarte de Sophie también. Cómo ella me sacó de algún foso en el que me metí. Pero algunas personas merecen su propio espacio. Tanto Sophie como Megan iban en categorías distintas porque ambas formaron parte de mi vida. Así que dejaremos a mi difunta esposa para después, ahora nos vamos a concentrar en Megan.

—No. No hay necesidad de hablar sobre eso. Con la doña del messenger me basta. 

Quise darle vuelta a la cara de tragedia de Megan, pintando una sonrisa en mi cara. Continuaba siendo una sonrisa de mierda, pero era mejor que la de un tipo dolido.

—Nah. Está bien. Fue hace tanto que me divierte más de lo que duele. 

Era cierto. Cuando recordaba aquello me reía más de lo que me hacía sufrir. Fue una de las vivencias que me ayudó a levantar mi trasero del piso y enfocarme en mis hijos. 

—Aser, de verdad no tienes que… 

Corté su balbuceo incómodo relatando la peor cita. Y no fue sólo por la mierda en su zapato, sino por la actitud de niña mimada de Sophie. Lo único que ella y yo teníamos en común además de la edad era que ambos éramos de Texas, ¿el resto? Une a una citadina rica y un pueblerino —pobre— en un mismo lugar y terminará en desastre. Pero nos gustamos desde el principio y eso me importó más que las diferencias. Aunque, quizá más adelante te cuente de Sophie. Aquí no hay cabida para los recuerdos de ese tipo. 

—Creí que no la volvería a ver jamás… pero nos casamos y… 

Dejé salir un suspiro para liberarme de la nostalgia, pensando cómo volver a la cita graciosa. Por fin Megan había dejado a su novio atrás, y ahora teníamos algo más grande en la habitación: Sophie. 

Mientras buscaba otra cerveza Megan preguntó—: ¿Quieres que me vaya? 

A pesar de todo, continuaba atraído por ella. Por las cosas que sabía que no mostraba a cualquiera. Megan era ese tipo de persona que se abría muy despacio. Que si no tenías cuidado podrías catalogarla como una tipa fría o poco importa. Pero no, no había nada de eso en Megan y yo me encargaría de sacarlo a flote. 

—No, preciosa. Si es por lo de mi esposa, tú tranquila. Fue hace mucho y cuando el tiempo pasa las cosas dejan de verse como el fin del mundo. 

Megan continuaba con ese semblante triste. 

—¿No te duele estar viudo tan joven? 

Se me salió una risa incrédula y divertida. Incluso con tatuajes y mi actitud despreocupada en ciertas ocasiones, algunas veces me sentía viejo. Como si hubiera recorrido muchas millas y estuviera en la recta final de mi vida. Créeme, tener las emociones a flor de piel, junto a los latidos de mi corazón, suele ser muy desgastante.

—¿Joven? 

—A comparación de mis padres… 

—¡No, oye, no! —Esta vez exploté de risa. No me ofendía, sino que me causó mucha gracia la comparación—. Sin traer a los padres a esto. 

Megan sonrió con dulzura, como si viera más en mí que tatuajes y un tipo bien parecido. Megan veía más allá de la edad y las diferencias. Esa mirada penetrante me atrajo y causó que mi corazón arrancara con la tracción más poderosa que había sentido hasta ese día. ¿Cómo se las arreglaba para provocar mis latidos de esa manera? No lo sabía a ciencia exacta; mi teoría era que Megan no era sólo un culo disponible para sacarme las ganas. Ella me haría esforzarme más, pelear más y, para estar tanto tiempo sin preocuparme por dar batalla, incluso me emocionaba el reto.

—Creo que hablamos mucho, Meg. 

No traté de disimular nada. No me la di de caballero que pregunta entre líneas. Ella me quería y yo a ella. Fin de todo el problema. No hubo titubeo ni dudas: era hora de la acción. Le daría una probada de lo que podría ofrecerle. La experiencia no tenía nada que ver con la edad, sino con la práctica, y estaba un poco sobrado en esa materia. 

Hubo gruñidos. Besos ardientes, manos atrevidas que tocaban cuanto estuviera disponible. Yo no era tímido, por eso fui el primero en llevar el beso a la parte de la lengua. Mierda, su saliva era como un veneno que me volvía loco cada vez que bajaba por mi garganta. Mi corazón parecía una brújula descompuesta, señalando en todos los puntos cardinales de forma frenética.

—Aser… 

Mis vellos quedaron de puntas. Algo tan simple como mi nombre dicho por Megan provocó que mi corazón diera un brinco. 

—¿Quieres que me detenga, Megan? —pregunté, tratando de controlar mis impulsos. Quería arrancar su ropa y follar como un chiquillo en plena pubertad: con desesperación, ansiedad, sintiendo que podría correrme si gemía. Ella estaba incluso peor que yo, negando sin poder decir una sola palabra—. Bien. Porque esto está pasando, preciosa… —No había vuelta atrás. Íbamos a coger y la haría entender que esto no era un polvo de una sola vez—. Voy a mostrarte lo que puedo hacer para que recuerdes esta noche por el resto de tu vida.

Arranqué su ropa con tanta prisa que el Guinness debería darme una jodida medalla. No recordaba la última vez que había desvestido a una mujer tan rápido. Usualmente iba despacio, incluso cuando fui un crío inexperto —más que todo porque no tenía una puta idea de dónde empezar—, sin embargo, con Megan, todo era nuevo y rápido, e intenso, y crudo, y fuerte… 

Sus pezones rosados y tiernos… Había olvidado cómo es la gravedad en las mujeres menores de treinta sin hijos. Mi misión fue dedicarme a ese pedazo de carne hasta que mi boca se cansara. 

Megan empezó a buscar fricción en medio de mi entrepierna. Cada vez se movía más rápido y su roce aumentaba mis latidos. Ella iba a correrse de un momento a otro, así que me quedé muy quieto sólo succionando, temeroso de que si la acompañaba en su movimiento terminaría expulsando un chorro sin haber sacado mi polla de los pantalones.

La sentí tensarse, ponerse tan tiesa que apenas rozaba mi pene, lo justo para sentir su centro presionar mi polla. Y luego dejó escapar el gemido más delicioso que había escuchado alguna vez. Esto no tenía nombre. Nunca lo tuve antes: eta prisa, la conexión, la desesperación, nada de esto. Mi miembro empezó a palpitar y tuve que respirar hondo para no correrme antes de sacar el paquete. Si era así sin meter mi verga, ¿cómo sería cuando la tuviera adentro? Iba a necesitar nervios de acero.

Aproveché que se estaba recuperando y empecé a mordisquear su cuello, los pezones, hasta que soltó la tensión y relajó su cuerpo. 

—No puedo creer que…

Coloqué mi dedo en su boca. No quería hacerla sentir mal, pero tenía la impresión de que haría una comparación que no venía al caso.

—Shush. Basta de charlas, Megan. 

La vi inhalar profundamente y asentir con suavidad, perdida en mis ojos. No solía ser dominante en el sexo. Era de los que dejaba fluir y ver qué pasaba. Pero ella tenía toda la pinta de inexperta. Así que nada me costaba asumir ese rol, momentáneamente

Me deshice del resto de su ropa interior de un tirón. Si por mi fuera la habría destrozado —así de cavernícola me volvía Megan—, pero supuse que podría necesitarla después. 

No le daría la oportunidad de echarse para atrás. Si me pedía que parara lo haría, pero mientras continuara en esa burbuja de sexo rápido la iba a aprovechar, así que adiós a mi ropa también. 

Mierda, estaba tan caliente que sólo enrollar el látex me produjo una tensión en mi abdomen. Necesitaba follar sí o sí. 

Miré a Megan para comprobar que seguíamos queriendo lo mismo. La descubrí viendo mis tatuajes, perdida en todas las imágenes que contaban algo de mí. 

Estaba por follar a lo clásico, pero pensé que variar un poco me daría más ventaja para controlar mis embestidas. Llegaría más hondo en Megan y podría evitar accidentes de mi parte. Un buen trato. Además, ella seguía viéndose tímida, como si no supiera muy bien qué venía. 

«Seguro que el cabrón se le cogía en la misma pose», pensé. 

—Ponte en cuatro, preciosa. Vamos a variar un poco. 

Ese culo al aire era como ver un jodido melocotón en una estantería. Nunca vería igual la fruta cuando hiciera la compra. No me contuve, atinando una suave palmada en su culo. Luego amasé el color rojizo que tomó su piel. 

Coloqué mi polla en su entrada, listo para darle esa embestida sin rodeos que necesitaban nuestros cuerpos.

—Aquí voy, Megan. Y no voy a ser tierno contigo, preciosa. —Presioné mi verga en su agujero y comprobé que no estaba muy estirada. Lo justo y normal—. Hace mucho que no quiero follar a una mujer como quiero follarte… 

Y lo hice. Empujé como lo venía haciendo durante toda mi vida. Con calma, pero sin vacilación. El punto exacto para no causar dolor y que no sintiera que tardaba una eternidad en entrar. 

Empecé con estocadas rítmicas, concentrado en su espalda. Contando las pecas y uno que otro lunar. Tenía tres. Dos de color marrón claro y uno muy oscuro, como el color del chocolate amargo; este estaba justo en el hueco de su omóplato derecho. 

Mi exploración de su espalda se acabó, lo que me llevó a ir más adentro y más rápido, pensando que si no la hacía correrse —o ella lo conseguía por su cuenta—, terminaría en una situación muy vergonzosa. 

Mis manos agarraron sus caderas y conseguí el ritmo exacto para que Megan me acompañara, y fui testigo del espectáculo más candente de mi vida. Siendo honesto, no era su cuerpo. Estaba muy bien formada, pero eso no hace una experiencia caliente. Tampoco la forma en que se montaba mi verga. Era ella, su rostro inocente mirándome a través del espejo. Sus dedos en su pezón mientras los gemidos llegaban a mi oído. Fue verme follando a Megan como si no hubiera nada más importante que ella. Verla cerrar los ojos y perderse en sus sensaciones. 

Presencié su clímax. Desde el comienzo, cuando sus movimientos se acoplaron a los míos o los míos que se ajustaron a los de Megan. Hasta que la corriente que succionaba mi polla azotó cada vena de mi miembro sin piedad. Eso me llevó a correrme como nunca. 

Nuestras miradas se encontraron en el espejo. Sonreí al notar su rostro sonrojado y su cabello por todos lados menos atado en su moño.

Estaba bien por el momento, pero me conocía y, follar esa vez no sería suficiente. 

—¿Tienes que irte, preciosa? 

Tragó en seco, seguro que aturdida de verse a sí misma.

Negó con calma, mirándome hambrienta por más.

—En todo caso, pasa la noche conmigo. Quédate a follar. 

No sabía si tendría problemas. Pero deseaba que lo dejara atrás por mí; que escogiera quedarse conmigo en vez de ir a casa y dormir con su novio. Nunca me importó ese detalle. Qué haría aquella mujer después de salir de la habitación o de cualquier lugar en el que cogimos me tenía sin cuidado. Hasta que me acosté con Megan. Hasta que imaginé lo que pasaría cuando llegara a su casa.

Estaba abriendo una puerta que me estallaría en la cara, pero mierda, te juro que valió la pena si la recompensa era ver ese culo listo para recibir más nalgadas.

Seguir leyendo.

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