Lilly no despegaba la mirada del maravilloso vestido estrapless que Jules le había comprado. Era de un hermoso color coral que según su propia amiga, le quedaba perfecto, pues el celeste de sus ojos le lucía aún más intenso. Sin embargo, mirándose en el espejo y pese a que eso era una verdad rotunda, la ilusión de usarlo en aquella fiesta disminuía conforme la hora de partir se acercaba.

“Bárbara Toker se ha encargado de alquilarle al nuevo doctor, la casa que hasta hace diez años, habitaban los Moore”. El enunciado resonaba en su mente como un mantra. Se le había metido entre ceja y oreja, que esto era una treta alevosa de la madre de Tracey para desenterrar el pasado. Para causarle sufrimiento.

Y no estaba equivocada.

¿De dónde había nacido ese rencor desmedido?

Todo comenzó con la llegada de William y Mike a Rainbows Bay. Un chico arribado de una metrópoli como Boston, despierta la curiosidad de cualquier chica que sueñe con salir cuanto antes de un sitio donde el futuro próspero no está asegurado y, más si su madre la ha adoctrinado al respecto desde que tuviera uso de razón.

Conforme los niños crecían, la inclinación de Tracey hacia Mike también lo hacía, junto con la envidia por la cercanía entre el castaño y la hija de Martin Buttler.

No obstante, la declaración de guerra se suscitó el día posterior al paseo por altamar en el cumpleaños de Lillian.

El autobús escolar hizo el recorrido acostumbrado, con la última parada en casa de la pequeña rubia Toker.

El trío maravilla apodo que les había dado la madre de Jackse hallaba ocupando los asientos al frente del vehículo, junto al acceso: Lilly en el de la ventanilla, Michael a su costado izquierdo en pos al pasillo y Jackson detrás, con la barbilla sobre sus manos en el respaldo.

Divertidos y emocionados conversaban en torno a los por menores, como lo mal que le habían caído al de cabellos dorados los sándwiches de crema de cacahuate con mermelada de fresa, o de lo asombroso que fue avistar delfines y aviones de combate.

El ojiverde constantemente externaba lo animado que se advertía por seguir los pasos de su padre. Inclusive, atesoraba una nave de guerra que su progenitor le comprara cuando supo que esperaban un varón, antes de marcharse y no volver.

—Debiste ver tu cara en un espejo. Bart Simpson es menos amarillo —decía el hijo de William acomodándose de lado sobre su asiento, para alcanzar a vislumbrar la reacción de su amigo.

Los tres soltaron una risotada escandalosa.

No existía mejor amistad que la suya. Nunca discutían y eso enojaba más a la rubia que abordaba con mochila en la espalda, retirándose el cabello largo de los hombros en atrevido coqueteo.

Y podrán decir: ¿Cómo una niña de escasos diez años, estima la posibilidad de desenvolverse como alguien mayor?

Las enseñanzas de Bárbara Toker aleccionándola sobre las ventajas que por ser bonita se tienen sobre los hombres, influyeron a un nivel muy vasto.

Siempre vestía de rosa. Una mala versión de Barbie reina del baile que no logró pasar control de calidad y por eso en absoluto, salió al mercado.

—Hola, Mike —dijo, queriendo abstraer la atención de quien cada día mostraba señales de la llegada de la pubertad.

Se estaba transformando en un jovencito bastante atractivo para las de su edad.

Las risas se apaciguaron, reemplazadas por el silencio y la reticencia.

— ¿Qué tal, Tracey? —correspondió, porque aunque no le simpatizara, William lo había educado para ser un caballero ante todo.

Un nudo se formó en la garganta de Lilly y esta arrugo el entrecejo, sin comprender.

— ¿Cómo estuvo tu fin de semana? —siguió preguntando, empecinada en que la castaña pasara a un segundo plano. Se sentó al otro lado del pasillo, en dirección a Mike —Mamá y yo fuimos al centro comercial a comprar zapatos.

El interpelado fingió una sonrisa y respondió: —Vimos delfines.

Lillian lo atisbó de reojo, con cara de pocos amigos.

¿Por qué le contaba?

Y de todos modos, ¿a quién le importaba saber de los zapatos nuevos de Tracey?

— ¡Y cazas! —exclamó Jack, aún sin salir de la conmoción.

A la hija de Bárbara se le dibujó un signo de interrogación en la frente.

— ¿Casas en el mar?

La hilaridad de la ojiazul amenazó con desbordarse, en forma de tos incontrolable.

— ¡No! Así se les llama a los aviones de combate.

La rubia continuó con cara de: ¿What’s?

Jackson rodó los ojos hasta que se pusieron tan blancos como sus dientes. Y en mitad de una sonrisa compasiva, le aconsejó: —Eres linda, Tracey. Muy linda. Continúa estudiando.

Los impulsos de Lilly no se contuvieron más y lo dejó fluir.

Los labios de Tracey formaron un considerable montículo de carne y su frente se tensó. Estaba molesta. Tanto, que su modo de autodefensa consistió en insultar a aquella cuyo dolor estaba segura, afectaría a los otros dos.

Aunque en realidad lo que buscaba no era lastimar a su ideal, sino al culpable del accionar de su supuesta enemiga, pese a no haber entendido a lo que este se refería.

— ¿Así que fueron a pasear en el zarrapastroso bote pesquero del padre de Lillian?

El autobús paró justo a tiempo para que Lilly bajara corriendo.

— ¿Señorita Toker? —se oyó en amonestación pero Lillian no se frenó, no le hizo falta para reconocer la voz de la chofer.

Tracey podía meterse con ella pero, con su padre, su madre o lo que fuese que tuviera que ver con ellos, no.

Las clases comenzaron y al llegar la hora del recreo, fue la primera en agarrar la lonchera y salir por la puerta del aula cuando no habituaba ingerir el lunch en soledad.

Acongojados, Mike y Jack la buscaron por el gimnasio, la alberca, la dirección, las áreas verdes y nada. Fue hasta que el timbre volvió a sonar, que dieron con su paradero. Ni siquiera tocó lo que Selene le empacara para el almuerzo. El hambre se le había ido desde que el hijo del doctor Moore la desconociera, para concentrarse en la popular del colegio.

¿Celos?

No sabía lo que eran pero, ese vacío en la tripa y ese pesar en el pecho, lastimaban tanto o más que los insultos.

Cumplió con sus deberes e hizo sus lecciones. Pasó a la pizarra y resolvió ecuaciones matemáticas a petición de la Miss. Respondió preguntas, participó en actividades y esto no era raro, ya que entre ella y Michael se disputaban los sobresalientes cada año. Lo singular residía en el silencio.

En “su “silencio.

Siendo una líder, la escasez del dinamismo que la caracterizaba debía simbolizar algo.

¿O no?

A la salida funcionó en la misma modalidad.

No esperó a sus amigos y no habló con nadie. Sola y esquiva, fue la única llenando el transporte escolar para el momento en que el resto abordara, divisando hacia la ventanilla. Hacia la nada.

Descifrar sus deseos no fue complicado al menos para Mike, quien paró unos segundos en el pasillo del autobús ganándose la displicencia de la castaña que lo tenía vuelto un racimo de inquietudes y por quien fue a parar a las butacas traseras, triste y acongojado.

Jackson no fue la excepción. Se llevó un palmo de narices por poner su trasero en donde no lo habían invitado.

Si las miradas fuesen pistolas, en ese mismo nanosegundo la anatomía del ojiverde habría estado repleta de agujeros, como una coladera.

—Tengo escalofríos. ¿Tú tienes escalofríos? —Demandó, sobándose los brazos cómicamente y dejándose caer al costado de un Michael meditabundo.

— ¿Qué le sucede? —Su receptor se mostró escéptico, como no creyendo lo que le preguntaba  —Es decir, debería estar molesta con Tracey, no con nosotros.

Un gesto de “¿Yo qué sé?” y un encogimiento de hombros correspondió la incógnita, porque el uno y el otro discernían por igual. Se rompían los sesos. Más la inocencia a esa edad suele encubrir lo que está frente a tus propias narices. Lo que es inequívoco.

Uno a uno fueron bajando en sus diferentes destinos y el tiempo para Lilly transcurría muy despacio, ansiando lanzarse bocabajo en el colchón de su cama y en la tranquilidad de su recámara, para terminar de llorar las lágrimas que en el colegio cohibiera.

Le costaría cuantiosamente pedir la parada.

Sospechaba que apenas abrir la boca se burlarían de la afonía fundamentada en la depresión. Entonces, tan pronto como su hogar se hizo visible, golpeó el cristal de la ventana y alzó la mano manifestando la intensión de hacer pies en polvorosa, con la aprobación de la conductora perceptible por el retrovisor.

Más tardó ella en frenar en seco y abrir el acceso, que la niña en correr y saltar los tres peldaños que pusieron sus rodillas donde debían ir las suelas de sus tenis: en el asfalto caliente.

— ¡Alto! —Vociferó Moore al tanto de lo ocurrido a la vez que el motor se iba poniendo en marcha nuevamente, como si una fuerza invisible lo hubiese lanzado hasta la calle sin que pudiese evitarlo — ¿Estás bien? —inquirió, aventando su mochila al hormigón y poniéndose a la altura de su mejor amiga.

Al igual que las compuertas de una represa liberándose, Lilly soltó el llanto.

El autobús se fue y Jackson, no tuvo más que contemplar por el cristal trasero.

El castaño se quejó lastimero, con los rapones sangrantes en piernas y manos, echándose de ver.

Continuamente patentizaba capacidades inclinadas a las ciencias médicas y biológicas. Decía que de grande, le gustaría ser médico como su padre o un gran biólogo marino, para ayudar a curar criaturas de las profundidades. Delfines, por ejemplo. Su mamífero acuático preferido.

Cariñoso y enjugando con los nudillos la humedad en las mejillas de Lilly, señaló: —Antes del accidente, cuando mamá aún vivía, siempre que andaba en bicicleta y caía raspándome las rodillas, ella se pasaba el pulgar por la lengua y limpiaba la sangre que me salía. Decía que cuando amas a alguien con todo tu corazón, tu saliva se vuelve mágica. Lo suficiente para curarle cualquier herida.

E imitando las enseñanzas de su madre, Michael limpió el líquido carmesí en su piel.

—Listo. ¿Te sientes mejor, Caracola?

El nudo que anteriormente amenazaba con atragantarla, se hizo humo.

Medio sonrió.

El revoloteo en sus estómagos los dejó helados y una corriente eléctrica los recorrió en un chispazo, a manera de hormiguitas imaginarias transitando por sus cuerpos.

¿La magia del amor surtía efecto?

Sí. La magia del amor más sincero, puro, cándido y desinteresado que podrían padecer a lo largo de sus existencias. Porque todas las emociones trasmutan y en el caso del amor, no hay distinción.

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