Gritos en el silencio – Miedo

Dylan.

Esa noche soñé con Timothy. Volví a verlo alto y vestido de negro, callado y taciturno, como solía ser cuando éramos más jóvenes. En el sueño sentí lo mismo que aquella tarde después del entierro: la abrumadora desolación que dejó en mí la ausencia de mis padres y mi hermanito, la sensación de absoluto desamparo que llegó a mi vida tan de repente. Y entonces, en medio del sepelio, lo vi a él, sentado y sereno en el sofá, Timothy, mi único pariente, aunque no fuera de sangre. Era como una roca firme en medio de olas violentas. Quise asirme a él, aferrarme con todas mis fuerzas para que el mar de la desesperación en el que naufragaba no me llevara consigo. 

—No me dejes nunca —le supliqué al oído con mis brazos rodeándole el cuello y las lágrimas quemando mis mejillas.

Timothy me correspondió el abrazo y me pegó a su costado. Su sólida presencia me reconfortó, todas mis esperanzas se volcaron en él.

Me desperté con la boca seca, hacía poco tiempo que estaba usando los ansiolíticos y no me acostumbraba del todo a su efecto, odiaba el mareo que precedía el sueño, detestaba que embotaran mi pensamiento y lo volvieran más dócil. Tampoco me gustaba como se sentía al día siguiente: la sequedad de la boca y ese remanente de ligero aturdimiento. Sin embargo, prefería mil veces todos esos efectos con tal de poder dormir y no pasar la noche en vela, pensando o atormentado por visiones terroríficas, intentando discernir si lo que veía era real o no.

Mi psicoterapeuta había dicho que eran terrores nocturnos debido al estrés, al exceso de trabajo y a mi depresión crónica, pero yo sabía que no era así. Algo tenebroso me acechaba en las sombras. Despierto los veía, dormido no.

Fui al baño y me duché para quitarme los restos del sueño artificial producto de los ansiolíticos. El agua caía por mi piel, trayendo consigo los recuerdos de la noche anterior: la charla con Matthew y luego el violento encuentro con Timothy.

Si el abogado no hubiese llegado, seguramente mi hermanastro hubiera logrado llevarme con él, en parte debido a la docilidad que provocaba en mí la medicación, pero estaba consciente de que también existían otras razones. 

No dejaba de pensar en Timothy. 

Los dedos me cosquilleaban por escribirle, por volver a su lado, cerrar los ojos y fingir, como siempre, que todo estaba bien, que él era mi salvación, el único capaz de colmar mi profunda soledad y darme consuelo, de dirigir mi vida como había sido hasta el momento.

—¡Maldita sea! —Pegué la frente a los azulejos de la pared de la ducha. 

No quería que mi pensamiento continuara girando en torno a él. Me sentía como un pequeño bote atrapado en un remolino en medio del mar.

Cerré los ojos y evoqué el rostro de Matthew, un intento de conjurar mis demonios con su solo recuerdo. La sonrisa, a veces cálida, a veces indulgente. De nuevo, me había salvado.

Otra roca a la cual aferrarme. 

Reí sin ganas y eché la cabeza hacia atrás bajo la regadera. Si me viera mi psicoterapeuta se sentiría decepcionado.

«Soy un maldito desastre». 

Por muy tentador que pareciera, no podía dejarme seducir por la idea de que Matthew pudiera ser mi salvador. Era mi abogado, nada más. Un empleado. Era yo quien tenía las riendas de mi vida y debía hacerme cargo de ella.

Ya no era el niño de catorce años, huérfano, que le lloraba a su hermanastro clamando protección y compañía.

Me sequé deprisa y llamé a la recepción del hotel para que pidieran un taxi para mí. Me vestí con ropa que no llamara la atención: vaqueros, zapatillas deportivas, camiseta y sobre ella camisa de cuadros holgada. Me recogí el pelo, tomé los lentes, la gorra y guardé toda la ropa en la maleta. Antes de irme escribí una nota y la dejé en la recepción con la indicación de que se la entregaran a Matthew.

No podía arriesgarme a que Timothy regresara y la fuerza del pacto venciera mi voluntad de alejarme de él.  

*******

El taxista me llevó a otro hotel, no tan lujoso como el anterior, pero bastante decente.

Ahí tuve que pagar el doble para que aceptaran registrarme sin identificación.

Ya instalado, me ocupé de los asuntos laborales más urgentes: revisé mi correo: Marc Jacobs quería que desfilara con ellos en la semana de la moda; Adidas enviaba el calendario de las sesiones de fotografía de la campaña de su última colección deportiva en la cual participaría; y por último, Molocopi. Al leer el nombre de la casa de modas italiana comencé a temblar, la vista se me nubló.

Tuve que dejar el teléfono e ir al minibar. La mayoría de las bebidas eran sodas que nunca ingería y licores que no tomaría, ya me había excedido suficiente la noche anterior con el vino. Agarré una botella de agua, la destapé y bebí un trago. Luego busqué en el bolsillo trasero del pantalón el paquete de cigarrillos, encendí uno. El alivio llegó con el picor de la primera calada, poco a poco fui calmándome.

Regresé al sofá y continué revisando mi correo en el teléfono mientras fumaba. Varios eran de Timothy, los cuales borré sin leer.

Había uno de Nils.

Nils Hamilton era mi fotógrafo. Trabajaba como freelance para varias casas de moda prestigiosas y durante mucho tiempo fue mi enlace con algunas de ellas. Se podría decir que gracias a él y a las excelentes fotos que me hizo para crear mi portafolios fue que logré posicionarme en este mundo, fue él quien me descubrió por así decirlo. Pero yo no lo veía solo como un miembro más de mi equipo de trabajo. Para mí, Nils era el único amigo que tenía.

Cuando decidí abandonar a Timothy, le pedí que se convirtiera en mi agente.

Abrí el correo con cierta expectación, esperaba que aceptara, de no hacerlo las cosas se complicarían. Por fortuna Nils decía que sí.

—Bien —dije para mí y bebí un poco más de agua—. Ya tengo abogado y agente.

Eran buenas noticias, solo faltaba no echarlo todo a perder y seguir fuera del alcance de Timothy y su círculo maligno.

Con ánimos renovados, le envié un correo a Matthew adjuntando los documentos que me había pedido: mis contratos actuales y el contrato laboral de mi hermanastro. También le escribí diciéndole que Nils sería mi agente y necesitaría que arreglara los papeles de su nuevo empleo.

No pasó mucho tiempo cuando Matthew me escribió de vuelta.

Su respuesta fue bastante impersonal. Fijaba una cita para vernos al día siguiente y escribía que fuera yo quien propusiera lugar y hora.

—Seguramente se molestó porque me marché sin avisarle. 

Sentí una punzada de culpa. El abogado me había defendido de Timothy y yo simplemente desaparecía sin decirle nada.

Tomé otro cigarrillo de la caja, me levanté del sillón y di una vuelta por la habitación arrojando humo por todas partes. Cuando terminé ese, encendí otro. 

Fumar era mi único vicio, mi escape ante la ansiedad y la culpa, ese sentimiento conocido que tiraba de mi estómago y aceleraba un poco mi pulso. Que se anudaba en mi garganta y luego me arrastraba a recorrer mil veces pensamientos, cada uno peor que el anterior. Me envolvía en situaciones absurdas donde siempre era yo el responsable no solo de mis desgracias, sino también de las ajenas.

 Di la última calada, deslicé las manos por mi cabello y me obligué a serenarme. Era estúpido pensar de la manera como lo estaba haciendo. 

La psicoterapia me ayudaba mostrándome cómo funcionaba mi mente, como había situaciones que desencadenaban el viejo hábito de culparme y luego los mecanismos de defensa que usaba para disminuir el dolor. Por supuesto que aquellos mecanismos eran perniciosos, eran una red que me apresaban en una dependencia emocional de la cual luchaba por salir. 

A pesar de que conocía toda la teoría, eso no funcionaba para evitar que cayera una y otra vez en la trampa de mi mente.

Porque ahí estaba yo con un vacío en el estómago, pensando que Matthew se había enojado, que me desecharía, ya que yo era un chico inmaduro que se había marchado sin avisar. 

Y la guinda del pastel, el peor de todos los pensamientos con el cual solía torturarme: me quedaría solo.

—Matthew no tiene por qué molestarse y si lo hace es asunto suyo, no mío —me dije tratando de convencerme, pensando en que eso sería lo que me diría mi psicoterapeuta—. Apenas si nos conocemos y tenemos una relación netamente laboral.

Volví a beber agua, respiré profundo varias veces ignorando los pensamientos intrusivos y retomé la revisión de mis correos. Pronto, no tuve nada más qué hacer. Era jueves, si estuviera en casa debería estar recibiendo a mi entrenador y luego a mi esteticista. La tarde la tendría libre y quizás Timothy y yo hubiésemos planificado hacer algo como ver televisión o salir a algún sitio bonito o divertido. 

Pero no estaba en casa, sino en un hotel. Solo. Timothy ya no estaba más en mi vida, así que tenía que acostumbrarme y dejar de extrañarlo y pensar en él.

Rebusqué en la maleta y saqué mis cuadernos de dibujo y mis lápices. Comencé a bocetear.

Desde siempre el dibujo me había traído calma, en mi casa de Lofhton tenía un estudio con caballetes y lienzos. A veces me abstraía allí al punto de encerrarme por días enteros y sumergirme entre colores, tal si de una alberca se tratara. Me gustaba más que la forma, el color y la luz, como esta modificaba a aquel y arrancaba tonos inverosímiles.

Al cabo de un rato observé mi creación: La mitad de un rostro que tenía un ojo como una almendra, cubierto de pestañas doradas. Un ojo de color azul claro que por efecto de la luz destellaba como si fuera una gema o hielo. Cerré el cuaderno al darme cuenta de lo que había hecho.

Mejor bajaba a almorzar en el restaurante del hotel. 

Era un sitio modesto, así que no me puse lentes de sol, solo la gorra, esperaba que fuera suficiente para pasar desapercibido.

El restaurante era bonito y algo pequeño, no había muchas personas, así que decidí relajarme. Mientras esperaba mi almuerzo, tomé mi teléfono y comencé a navegar por Instagram. Encontré varias fotos mías en el aeropuerto que habían subido algunas fans y, ¿cómo no?, un pequeño reportaje de la farándula preguntando que hacía Dylan Ford en esa ciudad.

—Maldita sea —susurré para mí. Entendí cómo Timothy me encontró tan rápido.

Subí la cabeza y me encontré con unos ojos oscuros que me observaban. Era una mujer en la treintena de la vida, vestía traje sastre y estaba sola. Ella me miró un rato, luego apartó sus ojos de gacela como si nada y volvió a concentrarse en su comida. No sabría decir qué, pero algo en ella me inquietó, un escalofrío me erizó el vello de los brazos. 

El mesero llegó con mi orden, le di las gracias y empecé a comer tratando de no pensar en la mujer que me había provocado esa reacción tan extraña. 

Pero otra vez sentí que me observaban, esta vez a mis espaldas. Me giré y dos hombres comían detrás de mí, ninguno me miraba, por el contrario, charlaban amenamente sin prestarme la más mínima atención.

Me volvía paranoico. Negué con la cabeza para mí mismo y me concentré en comer; no obstante, de nuevo regresó la sensación de que alguien detrás de mí me miraba. Yo sentía el peso de unos ojos a mis espaldas. Giré. Los hombres continuaban en lo suyo.

Cuando tomé el tenedor para cortar el pollo, la mano me temblaba. Miré hacia adelante, la mujer del traje ya no estaba. No había nadie más en el restaurante, solo los dos hombres a mis espaldas y yo. 

Pero la sensación de que alguien me observaba no se iba, por el contrario, el corazón golpeaba con fuerza en mi pecho, y no solo el vello de mis brazos se había erizado, sino el de mi cuerpo entero. El aire a mi alrededor se volvió denso y opresivo, empezaba a hacérseme difícil respirar. 

Exhalé asfixiado. Dejé la comida y me marché de regreso a mi habitación. 

Cerré la puerta detrás de mí y me recosté de ella.

—No pasa nada, Dylan, todo está en tu mente —me dije y comencé a hacer esos ejercicios de respiración que me había recomendado mi entrenador de yoga.

 Poco a poco, mi nivel de ansiedad fue disminuyendo, la vista se me aclaró.

Encendí la televisión para distraerme. Lo primero que apareció fue una publicidad de la nueva colección de Molocopi. 

Cambié de canal.

Un concierto de Rihanna.

Volví a pasar el canal. De pronto todo era alusivo a ellos. No, no podía ser posible. Me estaba volviendo loco. 

Fui al baño para refrescarme, el agua fría tenía que tranquilizarme y ayudar a ordenar mis ideas. Abrí el grifo, metí las manos y tomé agua que eché en mi rostro. 

—Todo está bien —me dije—, saldré de esto. 

Me eché más agua. Sentí las gotas resbalar por mi cara. Poco a poco mi respiración se normalizaba y mi corazón descendía sus latidos. Levanté la cabeza y miré el espejo.

Grité y caí hacia atrás cuando en el cristal se reflejó una cara que no era la mía. Unos ojos muy azules me miraban a través de una máscara veneciana.

Otra vez sentía la misma presencia que había estado en el restaurante. Algo oscuro y enorme se cernía sobre mí. Me giré a ambos lados, estaba solo en el cuarto de baño.

—¡No, no, por favor, no! ¡Dios mío, por favor!

Me puse de rodillas y cerré los ojos, asustado, como si por el solo hecho de no mirar, lo que sea que estaba allí, me dejaría en paz.

Un aliento helado me susurró palabras ininteligibles al oído. El peso de una mano se apoyó en mi hombro. 

Aterrado, abrí los ojos y, otra vez, aquellos otros me miraban a través de la máscara a un palmo de mi cara.

Grité y me arrastré hacia atrás, hasta la salida del baño. La opresión y el frío me envolvían, me sumergían en un infierno helado tañido de oscuridad insondable que amenazaba con tragarme. 

El más absoluto miedo paralizaba mis extremidades y me  nublaba el pensamiento. Cerré los ojos y busqué dentro de mí una oración, aquella que recitaba con mi madre por las noches antes de que ella muriera.

—Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, perdónanos, señor. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten misericordia de nosotros.

 Y al abrir los ojos no había nada. No había máscara ni ojos amenazantes. El televisor sonaba en la habitación, Rihanna cantaba Diamonds.

No sabía en qué momento había empezado a llorar, pero los sollozos me ahogaban. No quería estar allí, no quería estar solo, no quería que aquello continuara atormentándome.

Me levanté y tomé mi móvil. Las manos me temblaban descontroladas cuando busqué el número, el primero en el que pensé.

Repicó dos veces, una voz clara y varonil contestó:

—Aló.

—Matthew, soy Dylan —sollocé—. Perdona, no me encuentro bien. Podrías, podrías…

Las palabras no me salían. Cerré la llamada. ¿Qué hacía yo acudiendo a un hombre que había conocido hacía apenas dos días atrás? ¿Qué tan patético había que ser para no contar con un solo amigo que me pudiera ayudar? 

Recosté la espalda de la cama y pegué las rodillas a mi pecho. Tal vez lo mejor era que volviera con Timothy. Era absurdo huir, con él estaría bien. Las aterradoras sensaciones, las visiones desaparecerían porque Timothy era el antídoto para todas ellas. 

También era el veneno corrosivo que yo estaba seguro, me acabaría. La tóxica droga que, aunque quería, no podía dejar.

Volví a temblar, con el frío recorriéndome por dentro y las voces cantando en latín algo que solo estaba en mi mente. Cerré los ojos y fue peor: todo se volvió rojo.

—¡Que pare, por favor, que pare! ¡No quiero hacerlo, juro que no voy a hacerlo! ¡Oh, Dios, perdóname!

Empecé a llorar de nuevo y volví a recitar estrofas inconexas de oraciones, aquellas que acudían a mi mente de forma errática y se derramaban como el agua de una jarra que se ha roto. Ojalá hubiera podido cubrirme con ellas. Ojalá mi alma manchada no fuera repugnante para Dios.

El teléfono sonó y el ruido en mi mente desapareció.

—Aló —contesté llorando.

—Dylan, ¿dónde estás? Voy para allá.

Era Matthew. Apenas si podía hablarle debido a los sollozos.

—Estoy en el Continental, en la tercera avenida. No tardes, por favor. 

****

Entre temblores cerré la maleta y fui al lobby del hotel. 

En cuanto bajé, unas pocas personas que allí estaban me reconocieron, había olvidado ponerme la gorra y las gafas de sol.

Fue una reacción en cadena, en un instante me vi rodeado. Algunos me abrazaban para tomarse selfies, mientras otros pedían que firmara cosas. Intenté ser amable y al mismo tiempo alejarme de ellos. Sentía todavía el miedo recorrerme el cuerpo y en el rostro tenía las huellas que el llanto había dejado. 

Alguien me pasó un cuaderno, lo firmé. Otra persona me rodeó los hombros con sus brazos, el flash de un teléfono me cegó por un instante. Cuando la visión se aclaró, ahí estaba entre todos ellos, el rostro cubierto por la máscara.

—¡Aléjate! ¡No, vete!

Las personas me miraron con extrañeza. Empujé a varios en un intento por salir de ese círculo que se volvió opresivo, una cadena de hierro rodeándome. Aunque trataba de alejarme, ellos me perseguían.

—¡Dylan!

—¡Matthew!

Alivio instantáneo. 

Él tomó mi maleta, sujetó mi mano y yo supe que todo estaría bien.

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Una respuesta a «Gritos en el silencio – Miedo»

  1. Avatar de almightyhand17
    almightyhand17

    Maravilloso todo, me esta gustando mucho este libro jjsjsjjsj

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